diumenge, 21 de novembre de 2021

Mi primera ludoteca

Las vacaciones escolares, cuando eres niño, se hacen muy largas. Tres meses son toda una vida. En el barrio de Peramás en los años sesenta se vivía mucho en la calle. No había parques, pero existían los descampados. La población del barrio era muy joven y había pocos abuelos. Los niños nos las apañábamos muy bien  sólos. Infinidad de juegos llenaban las largas horas de los largos días del verano. 
 Aún así, un año mis padres consideraron que sería mejor que estuviera recogido unas horas al día en un lugar de confianza. Por entonces no existían "esplais" ni ludotecas en el barrio. 
En la calle Biada había un pequeño taller de estampados que habían abierto unos amigos de mis padres: los hermanos Jiménez.
 En el pequeño taller me dejaron mis padres aquel verano para que estuviera cuidado y protegido. Yo tendría siete u ocho años. Me lo pasé de fábula. Estorbaba más que ayudaba, pero fue muy divertido. Seguramente no era la ludoteca más apropiada, pero yo disfruté mucho. Me sentí útil y me sentí aprendiz de adulto. El trato de los hermanos Jiménez hacia mi fue exquisito.
La primera tarde que mi madre me vino a recoger, yo llevaba puesto el delantal de estampador. A mi madre le hizo tanta gracia que empezó a gritar y reír tan fuerte que pronto se hizo un corro de gente mirándonos sin saber muy bien a qué venía tanto escándalo. Yo me sentí como una estrella de cine rodeada de fans 
A veces el mejor sitio dónde estar es aquel en que te sientes querido, sin importar mucho más.
 
 

 


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